It: Comeback Pennywise

por Fran Ballesteros

¿Recordáis vuestros terrores infantiles? Muchos seguro que sí. Incluso ahora, pasados años desde entonces, puede que sonriáis por las intricadas historias creadas en nuestras mentes sobre criaturas que acechaban en los rincones oscuros de la casa, esperando el mejor momento para hincarnos el diente. Esos pasillos infinitos y oscuros pero indispensables para conseguir nuestro objetivo de ir a la cama. Esas salidas nocturnas al baño, que retrasábamos todo lo que nuestra vejiga nos permitiera, y que efectuábamos a la velocidad del rayo.  Poco a poco los íbamos enfrentando, dejando parte de nuestra infancia por el camino. Crecíamos, y nuestros miedos tomaban derroteros algo más abstractos (o concretos, según cómo se quiera mirar).

En esencia, aunque con un payaso encantado de conocerse a sí mismo, de esto trata It (id, Andrés Muschietti, 2017). Y, sinceramente, es una de las propuestas de género más gratificante de los últimos años.

King, Curry y Muschietti

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Stephen King dirige en el año 1986 su única película como director, Maximum Overdrive. Si la veis, entenderéis los motivos para no volver a sentarse tras las cámaras. Es una película a la que le falta alma, entrega y, por qué no decirlo, un poco de lógica. Consciente (o no) de aquello que perpetraba de día, de noche dedicaba sus esfuerzos en algo más de su gusto. Y no hablamos precisamente de sus problemas con el alcohol o las drogas (aunque desgraciadamente, estaba en uno de sus momentos más bajos en este sentido), más bien de que dedicaba su tiempo a escribir una obra que terminaría por llamarse It, publicada ese mismo año.

La historia nos sitúa en un pequeño pueblo de Maine, Derry. Allí campa a sus anchas un ente, It, que bajo la identidad del payaso Pennywise se dedica a acabar con la vida de los más jóvenes del lugar. Pero tras el ataque al pequeño Georgie, su hermano Bill  y varios de sus amigos acabarán por hacer frente al diabólico payaso.

Tal como ocurre a día de hoy, todo lo que llevara la rúbrica de King era sinónimo de éxito en aquella época. Esto ocurría en gran parte por su particular forma de ceder los derechos de sus obras: establece un precio simbólico para no resultar un escollo a la hora de desarrollar la película, pero los cede por un tiempo limitadísimo. De esta manera, si el producto no llega a concretarse, los derechos son revocados y vuelven a su poder. Así pues, encontramos muchas de sus obras llevadas a la gran pantalla y la historia del payaso Pennywise no iba a ser menos.

Apenas 4 años después de haber sido publicada, la novela recibe su primera adaptación, en este caso para la pequeña pantalla, y con ella la encarnación de Tim Curry como el inefable payaso. El actor, quizás en uno de los papeles más relevantes de su carrera, es el vehículo perfecto para provocar una sensación constante de incomodidad en cada aparición (a pesar de parecer el primo psicópata del payaso de Micolor). Desde la primera aparición en la mítica escena del alcantarillado hasta la de la biblioteca, Curry marca músculo y sienta un precedente muy difícil de superar. Es lo más relevante de un metraje de casi 3 horas de extensión (dividida, eso sí, en dos partes de 90’) y, sin duda, pesadilla recurrente para niños de esa época en adelante. Sin comerlo ni beberlo, tanto King como Curry dieron a muchos autores posteriores un material seminal y fundacional. De igual modo consiguieron generar mucho interés por parte de Warner, la productora dueña de los derechos de producción, para seguir explotando la historia de la criatura.

Tuvimos que pasar por casi 20 años de rumores, especulaciones y falsas esperanzas sobre una nueva iteración de la novela en celuloide para que finalmente, en 2009, el proyecto comenzara a concretarse. La buena noticia no vino exenta de idas y venidas, polémicas capaces de hacer peligrar la producción… pero todo parecía reconducirse en 2012 de la mano de New Line Cinema y con la incorporación oficial como director de Cary Fukunaga, uno de los arquitectos de la primera (y para muchos única) temporada de True Detective (id, Cary Fukunaga, Nic Pizzolatto, 2014 -). El director estadounidense sabía de la importancia del payaso en todo el asunto, así que sus primeros esfuerzos se dedicaron a encontrar al actor perfecto para interpretar a la entidad (entre otros, sonó Hugo Weaving) siendo el elegido final Will Poulter (El renacido, Detroit). Los primeros bocetos eran tremendamente alentadores, y la visión del cineasta parecía tener suficiente identidad propia como para diferenciarse de la primera adaptación. Sin embargo, un reajuste presupuestario por parte de la major que afectaba de manera directa a la parcela creativa y, por tanto, a la idea del director, terminó por sacar al cineasta del proyecto. King, en este momento, no tenía muchas esperanzas: “Está muerta, pero siempre nos quedará Tim Curry.

No obstante, como toda obra de suspense que se precie, faltaba ese giro final para llegar al ansiado happy ending. En 2015, se anunció la incorporación de Andrés Muschietti como nuevo director. Junto a él, su hermana Barbara participaría en el proyecto como productora. Se volvió a trabajar sobre la historia desde el punto de vista del argentino y, por problemas de agenda, Poulter terminó por salir del proyecto. Poco importó este nuevo contratiempo, pues no pasó mucho hasta que se anunció una de las incorporaciones claves para el relato: Bill Skarsgård en el papel de la criatura. Al mismo tiempo, se fijaba la fecha de estreno de la obra para 2017. Dato curioso (pero quizás inoperante), esta segunda adaptación llegaría 27 años después del estreno de la TV movie… y curiosamente, es el periodo de letargo de Pennywsie en el universo creado por King.

Los niños perdidos

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A pesar de tener asegurado al actor del payaso, sin un buen Club de los Perdedores (los protagonistas reales de todo esto), la obra caería fácilmente en el olvido. Estos son los dos pilares fundamentales de la obra y no se entienden el uno sin el otro. Descuidar el factor humano, el cariz de transición entre lo que significa ser adulto y ser un niño, dejaría la obra como un slasher más. Y eso no podía suceder.

Jaeden Lieberher, Finn Wolfhard, Wyatt Oleff, Sophia Lillis, Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan Grazer, y Chosen Jacobs. Ellos serían los encargados de encarnar a Bill, Richie, Stan, Bev, Ben, Eddie y Mike respectivamente. Excepto los tres primeros, conocidos por papeles de mayor o menor relevancia en producciones como St. Vincent, Stranger Things o Guardians of the Galaxy, los niños son prácticamente actores noveles, con sólo papeles muy testimoniales en algún serial o cortometraje en su haber. Con todo, son sin lugar a duda los ejes angulares del guión, ya que Muschietti sabe darle a cada uno el momento para desarrollar su historia.

El director argentino decide alejarse lo máximo posible de la adaptación televisiva de los 90. Uno de los principales cambios es centrar esta primera historia en la infancia de los protagonistas, sin abarcar la vida adulta de los personajes como sí hacía la primera. Aunque, eso sí, el punto de partida es prácticamente el mismo: la desaparición de Georgie.

En un día lluvioso, el joven sale a disfrutar de un pequeño barco de papel preparado por su hermano Bill, para poder navegar las corrientes provocadas por la lluvia. Al principio el viaje parece tranquilo, pero la fuerza del agua acelera la pequeña embarcación, provocando su caída al alcantarillado. Muschietti sabe qué funciona y qué no, por ello, maneja prácticamente de la misma manera ese momento respecto a la primera adaptación. Y como aquella, muestra por primera vez a Pennywise, con un aspecto más parecido al de un arlequín, con un traje blanco y sucio. En su rostro, unas marcas de depredador, rojas como su cabello. Era el momento de saber si Skarsgård podría o no hacer olvidar al bueno de Curry, y lo hace al tiempo que se distancia del mismo. Hubiera sido un tremendo error intentar imitar aquella entidad, y el actor sueco encontró en su macabra sonrisa la mejor arma posible para hacer imborrable sus apariciones en el filme. Pennywise ha vuelto.

Derry vive, un año después del tremendo suceso, una ola desmesurada de jóvenes desaparecidos. Nadie sabe dar una explicación al fenómeno. Los chicos y las chicas tan pronto como se esfuman, son olvidados. Pero Bill se resiste a olvidar a su hermano, sigue siendo reticente a la idea de haberlo perdido para siempre, a pesar de la incomodidad de sus padres frente a ello. Y es aquí, en esta confrontación, donde encontramos el valor añadido de una historia fácilmente dada al cliché sencillo y manido. La ruptura entre adultos y niños es evidente desde el minuto uno, en la mayoría de los casos, por las barreras establecidas por el primer grupo y por el deseo constante de ser un ejemplo (aún sin merecerlo) para sus hijos. Poco importan los deseos de los más pequeños o sus emociones, pues sus padres tienen planes más allá de sus designios, aunque, lógicamente, todo vendrá enmascarado por un claro y marcadísimo concepto social sobre lo qué significa hacerse mayor. Muschietti representa esto de manera subtextual, con píldoras depositadas aquí y allá, pero pasando totalmente desapercibido. Llegados a determinado momento, serán solo los más jóvenes quiénes sean capaces de observar los cambios perpetrados por Pennywise en sus entornos.

Todos los personajes tienen algo. Un lastre o una herencia no deseada, además de su terror concreto. Algunos son más relevantes, otros más superfluos, pero todos son abordados desde un punto de vista poco paternalista, situando siempre el punto de vista de las vivencias en los propios críos. Para el que suscribe, el más interesante es el de la única protagonista femenina, Bev. El trabajo de Sophia Lillis (debutante en cine) es espectacular y su capacidad para devorar la pantalla en cada aparición, incuestionable. El conflicto interno debido a su cambio es ciertamente el más interesante, y como todos, se trata desde un prisma cercano, que no morboso. Si a eso le añadimos una relación aparentemente tortuosa con su padre (que jamás llega a concretarse en nada más allá de ser un cabronazo redomado con su hija), el espectador es caapaz de rellenar a su manera esos huecos. Cabe destacar una polémica suscitada tras el estreno, pues parte del público consideró al personaje excesivamente sexualizado. 

Sin embargo, Pennywise no será el único rival que de los jóvenes. Un grupo de matones se dedicará a hacerles la vida imposible, porque… sí, porque el bullying existe. Esta trama es probablemente la más desdibujada, pero aún así sigue teniendo un mensaje capaz de redondear el conjunto de la obra. Como detalle interesante, los antagonistas no tienen un objetivo claro más allá de su actitud egoísta por mantener un determinado status quo favorable. Muschietti va pulsando la acción y moviendo las fichas de una manera pausada, sosegada. No tiene prisas y se siente cómodo con el plan trazado.

Según conocemos a los chicos y sus miedos, vamos viéndolos en la dinámica de grupo. Son conscientes de estar entre la espada y la pared, su destino lo marcarán sus decisiones. Como todos los demás integrantes del grupo, Ben es considerado un bicho raro por pasarse sus ratos muertos en la biblioteca municipal, siendo este el primer lugar donde se tope con el payaso. Es él quien pone en aviso del grupo sobre la existencia de la entidad, de Eso, así como de una leyenda capaz de poner negro sobre blanco sus peores presagios. Después de la tremendamente inspirada secuencia del garaje y las diapositivas, la historia tiene un pequeño momento valle, donde los personajes gozan de un mayor peso. Todo ello tras un set piece magistral identificable como No da miedo/ Da miedo/ Da mucho miedo. Para ese momento del film tenemos olvidado al bueno de Skarsgård, y aunque no desentona en ninguna de sus apariciones a lo largo del metraje, es en esta escena cuando termina por tumbar cualquier prejuicio previo con su actuación.

Mientras el Pennywise de Curry era un personaje cínico y ácido, esta nueva interpretación opta por darle un toque algo más satírico e irónico. Muchas de sus apariciones tienen un marcado carácter cómico (entiéndase la licencia) para profundizar gracias a la oposición de términos en una situación violenta, como es su aparición en la ribera del río. Es en este tramo final cuando el actor sueco parece encontrarse más cómodo y donde representa (más, si cabe) una amenaza real para los chicos.

La forma de cerrar la historia, aun con una fuerza visual y simbólica muy marcada, no termina de casar con todos los conceptos establecidos anteriormente. Sigue pareciendo una obra redonda, aunque siempre con peros. Desde la llegada de James Wan al género, se está optando por un cine de terror moderno centrado en el desarrollo de personajes, elemento fundamental para poder canalizar una historia y crear empatía para con la persona allende la pantalla, dejando de lado esa tendencia de los 90 de conformarse con criaturas resultonas. No sólo se busca una gran historia de terror, se pretende hacer una buena película con lo anterior como hilo conductor de todo lo sucedido. Con It tenemos más de lo primero, contando además con la constatación de las maneras de Muschietti y su sello personal. Su tendencia a convertir las historias en una suerte de cuentos terroríficos donde todo, desde lo más amargo hasta lo más reconfortante para el alma, se pueda dar es una nueva forma de tratar este tipo de desventuras. Algo capaz de marcar al espectador en ese recorrido desde el punto A al Z de una historia, más allá de ver algo apabullante a nivel visual, interpretativo o artístico, y que ya dejó entrever en Mamá.

Habrá segunda parte con el argentino a las riendas, y personalmente yo estoy deseando volver a flotar en 2019.

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