Valerian y la ciudad de las gominolas amargas

por Luis Casanova

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CRÍTICA: Valerian and The City of a Thousand Planets (2017). Dirección y guión de Luc Besson. Historia de Pierre Christin (Valérian, agent spatio-temporel o Valérian y Laureline). Música de Alexandre Desplat. Ciencia Ficción. 2h 10 mins.

Basándose en los cómics de Pierre Christin, el padre de El Quinto Elemento vuelve a probar suerte con una aventura intergaláctica. La premisa parte de las aventuras de Valérian y Laureline, dos agentes espacio-temporales que trajeron una ciencia ficción interesante a los sesenta y de la cual se presume que bebieron otros gigantes del género más exitosos, como la trilogía original de Star Wars o los primeros cómics de Guardianes de la Galaxia.

El film dirigido por Luc Besson debería haber sido, entiendo, algo extraordinario. Y a nivel de CGI lo es, vaya que sí.  La película es un verdadero viaje audiovisual: una paleta de colores y mezclas de texturas impresionantes;  criaturas y paisajes nacidos de una fusión bastante adecuada entre la reimaginación y la adaptación desde la obra original; efectos cuidados que brillan por su calidad y no por la saturación de los mismos. En definitiva, un universo enorme con una biografía prometedora que dejan la sensación de que hay muchas más historias que contar aparte de la que se nos plantea en la película. Y es ahí donde se encuentra el primer punto débil del film, a mi parecer.

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La trama principal de la película se pierde detrás de la buena presentación estética. Los conflictos se resuelven a trompicones y se atropellan entre sí, como si el relato subiera una rampa empinada en lugar de unas escaleras. El protagonista no nos atrapa y algunas de sus motivaciones son confusas a nivel de guión, contradiciéndose en muchos casos. Laureline, quien directamente parece no tener ninguna motivación, es mucho más carismática que Valérian y no depende del mismo como el recurso romántico del protagonista. A pesar de ello, el vínculo amoroso que comparten cae en el romanticismo tóxico que tanto le gusta a Hollywood. Finalmente, llegamos al clímax de la película y nada nos sorprende, aun con el tratamiento de suspense casi insultante para el espectador que reciben algunos elementos fácilmente predecibles.

No es malo que una película de ciencia ficción dependa en gran parte de su apartado estético y audiovisual. Al fin y al cabo, es el punto fuerte de la misma. Queremos ver naves, explosiones, monstruos, universos, galaxias y todo aquello que un documental no ficticio no puede ofrecernos. El problema viene cuando la película no nos ofrece un mínimo de interés por lo que está ocurriendo, porque llega un momento en el que los efectos no son suficientes y dejan de ser novedosos. Si la película se apoya únicamente en la “magia digital”, no es extraño que pillemos a más de uno echando un par de miradas indiscretas al reloj. Es una pena que la película quede desinflada así por un problema de núcleo.

b449ddb076681fa9248158427c05aefbValerian y la ciudad de los mil planetas termina siendo un proyecto ambicioso por fuera y pobre por dentro. Podríamos compararla con una ostra cuya concha está adornada y pintada con colores preciosos. Sin embargo, no deja de ser una ostra como cualquier otra. Todas las ostras se pueden pintar y adornar. Pero sólo algunas tienen perlas.

 

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