In (Moonlight) black boys look blue

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CRÍTICA: Moonlight (2016). Dirección y guión de Barry Jenkins. Historia de Tarell Alvin McCraney (In Moonlight Black Boys Look Blue). Drama. 1h 51 mins.

“Pensé que el drama era cuando los actores lloraban, pero el drama es cuando llora el público”. No sé si Frank Capra podría haber dicho esto después de ver Moonlight. No creo que ni el film de Barry Jenkins ni la obra de Tarell Alvin McCraney estén compuestos con fines lacrimógenos. Es un dolor muy específico el que te atrapa en la película. Genera más identificación y expectación que compasión. Eso, por supuesto, puede arrebatarte alguna lágrima, pero después de preguntarte por qué alguien tiene que sufrir algo así por la caprichosa arbitrariedad de la vida.

Moonlight es el suplicio de atravesar la tormenta emocional de la infancia y de la adolescencia en su momento más violento y con un yunque atado al tobillo. Una tormenta que creemos ajena y lejana, como cuando escuchamos que ha habido otro terremoto en Chile o que una mujer ha sido asesinada por su marido en un pueblo de Pontevedra. Este castigo fustiga injustamente a miles de niños que, como Chiron (Alex Hibbert/ Ashton Sanders/ Trevante Rhodes), intentan sobrevivir en esa jungla que se esconde tras el nombre de “vida”. La denuncia que hace Barry Jenkins debería abrazarnos a todos. Sobre todo a los privilegiados. Darnos una bofetada y enseñarnos que el verdadero purgatorio queda a años luz de aquellas preocupaciones que tanto nos gusta engrandecer mientras que nos ahogamos en piscinas de banalidades. Sería maravilloso pensar que nadie en la tierra queda indiferente tras ver (desde muy lejos) la superficie de esta fruta podrida que otros han comido hasta vomitar.

La evolución de Chiron es tan natural que se vuelve inesperada. Crece siguiendo un camino lógico donde el personaje simplemente es empujado desde los lados por una corriente de agua recta, zigzagueando hasta su destino. Una persona que sólo trata de ser uno más en un entorno que no lo trata como tal. Llega un punto en el que ese ser encarcelado es capaz de doblar los barrotes hacia afuera y observar hacia dónde va todo sin salir de su prisión. Con una subliminalidad y una subjetividad insólitas, Moonlight nos presenta un relato sobre el corazón que no necesita canciones para llegar donde quiere llegar. Sólo las palabras que intentan ser adecuadas, pero que no saben si lo son, consiguen este efecto. Y son esas palabras, precisamente, las que nos llevan a ese segundo clímax del personaje. Una frase y el recuerdo de un niño que ha crecido con un ladrillo en cada hombro y que ha aprendido a andar de espaldas, mirando hacia atrás. Con el mar bajo la luz de la luna en mente, Chiron comienza su verdadero viaje.

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