Mi viaje en No Man’s Sky.

Todo está oscuro, no puedo ver nada. ¿Acaso tengo los ojos cerrados? ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? Recuerdos borrosos asoman a mi mente. Un viaje por las estrellas, una infinidad de años luz recorridos. Un momento: si esto es un viaje, ¿por qué no estoy en movimiento?

No Man's Sky_20160810232222“Un viaje por las estrellas, una infinidad de años luz recorridos”.

Recobro la consciencia y miro aquello que fue una vez mi nave espacial. Mis recuerdos siguen borrosos, pero sé que me pertenece. Resulta evidente que no está en buenas condiciones, y tras un rápido examen de la situación concluyo que he debido estrellarme, pues eso explicaría el lamentable estado de mi equipo y mi desorientación. Pero, ¿a dónde he ido a parar?

Miro a mi alrededor, tratando de encontrar algo que me resulte familiar, sin éxito, cuando escucho de repente un eco metálico procedente de mi casco:

AVISO: PROTECCIÓN CONTRA LA RADIACIÓN DISMINUYENDO.

No necesito oír más. Me refugio en la cabina de mi nave varada antes de que la atmósfera nociva haga mella en mis escudos y procedo a analizar mi situación. Estoy solo, con un traje protector cuya energía se está agotando, abandonado en un planeta radiactivo del que no puedo escapar ya que los sistemas de despegue y propulsión de mi nave están averiados. Por no hablar de que no tengo combustible. Por último, no sé de donde vengo, por qué estoy aquí, o hacia dónde me dirigía antes de mi accidente. Sin embargo, y por algún motivo que no alcanzo a comprender, no siento miedo. Más bien, me embarga un profundo sentimiento de admiración por el universo que me rodea y un afán inexplicable de descubrimiento, como si todos los cuerpos celestes de la galaxia estuviesen rogando mi compañía. De repente, lo veía claro: necesitaba despegar.

Desde la seguridad hermética de mi nave, listé todos los materiales que necesitaría para arreglar mi equipo y salir del planeta. Zinc para recargar los escudos de mi traje y los de la nave. Carbono para asegurarme de que mi sistema de soporte vital siempre esté en funcionamiento. Hierro, mucho hierro y otros diversos utensilios manufacturados para reparar mi vehículo. Finalmente, aunque no por ello menos importante, Plutonio y Tamio9 como combustibles.

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Decido bautizar este inhóspito planeta como Fallout-Alpha, nombre apropiado, dadas las circunstancias. Comienza mi búsqueda de materiales, y antes de que me quisiera dar cuenta, ha caído la noche en Fallout-Alpha. La composición del planeta, rico en Plutonio, le da un siniestro pero majestuoso verdor a su cielo estrellado. Apenas me permito un momento de contemplación: las estrellas siguen llamándome, y no hay tiempo que perder.

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Tras varios Sols de búsqueda incesante, durante los cuales añadí nuevas especies de fauna y flora que iba descubriendo a un diario electrónico titulado Atlas -que, por lo que parece, siempre ha estado conmigo-, al fin conseguí mi objetivo: mi astronave estaba en perfectas condiciones y lista para surcar los cielos conmigo a los mandos. La sensación del primer despegue fue algo indescriptible. Pude experimentar por vez primera la verdadera libertad desde mi amargo despertar.

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Lo primero que vi en al dejar la atmósfera fue una Estación Espacial, y no dudé en abordarla para comerciar con los recursos sobrantes de mis numerosas expediciones por Fallout-Alpha.

No tardé en descubrir nuevos planetas de cualidades similares a Fallout-Alpha: parecía que todo el sistema estelar estaba compuesto por planetas de atmósferas
hostiles, pero abundantes en recursos básicos. Sin embargo, pronto resolví dejar ese pequeño sistema y continuar explorando más allá, pues mi sed de aventuras era insaciable. Así pues, en cuanto conseguí los planos necesarios, acoplé a mi vehículo un motor de Hiperturbo, que me permitiría acceder a sistemas vecinos sin esfuerzo, aunque a cambio de una cantidad casi inmoral de Antimateria, un bien muy raro y preciado.

Por entonces, habiendo dominado la ciencia de los saltos entre sistemas, creía que mi viaje avanzaba a pasos agigantados, pero lo cierto era que la auténtica escala de la travesía escapaba a mi comprensión.

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Al iniciarme en el viaje intergaláctico, puse rumbo de forma casi automática al enorme cúmulo de estrellas que es el centro del universo conocido, casi como si una fuerza invisible me atrayese hacia él y dominase mi voluntad, obligándome a dirigir mis pasos hacia el núcleo, lenta pero inexorablemente.

En mi recién iniciado peregrinaje hacia el centro del universo, descubrí una enorme -infinita, realmente- cantidad de planetas y lunas que albergaban toda clase de maravillas en sus superficies. No sólo valiosos recursos y planos que me ayudan a seguir avanzando en mi viaje, sino además seres vivos imposibles, de las formas más grotescas y retorcidas que uno pueda imaginar, esperando a ser descubiertos. Sin embargo, lo que más llamaba mi atención era encontrar respuestas a mi inquieta búsqueda de conocimiento. Estas respuestas llegaban en forma de ruinas, monolitos o piedras del saber que, desperdigadas por todos los planetas que visitaba, abrían puertas hacia la ilimitada sabiduría de civilizaciones que llevan presentes en el espacio exterior mucho más tiempo que nosotros.

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Gracias a estas extrañas estructuras comencé a tomar consciencia del universo que me rodea: está habitado por varias grandes razas, como los poderosos guerreros Gek o los misteriosos y esquivos miembros del Atlas. Aprendía también palabras en sus lenguajes en cada uno de estos sitios clave, lo que conllevaba una mejoría en el trato con sus individuos y, cómo no, en el comercio. A medida que mis conocimientos crecían, encontraba más y más planetas interesantes en mi camino, como si el universo recompensase mis progresos, hasta el punto en el que detecté por vez primera una anomalía, estructura alienígena que  contenía en su interior una de las interfaces del Atlas que existen en la galaxia.

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No hablaré de lo que ocurrió dentro, pues no me creerías si no lo has vivido en tus propias carnes, viajero. Es mejor que vayas tú mismo en busca del Atlas y veas con tus propios ojos lo que te espera dentro de sus colosos metálicos. Sí puedo confirmarte, para tu tranquilidad, que la experiencia fue muy provechosa, ya que gracias a mi visita a la anomalía pude encontrar un agujero negro que me sirvió de atajo hacia el centro del universo: mientras que por mi cuenta apenas puedo “saltar” diez años luz entre un sistema y otro, el agujero negro me permitió salvar una distancia de nada menos que 15.000 años luz. Salí de mi viaje por el túnel cuántico en el sistema más interesante de mi viaje hasta la fecha.

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El primer planeta que visité, el cual nombré El Dorado por razones obvias, era una mina de oro literal en la que llené mi inventario y el cargamento de mi nave con el preciado metal, sin más oposición que la de dos piratas que intentaron, sin éxito, asaltarme mientras me encaminaba a comerciar con mis cuantiosas ganancias. Los cañones de mi nave dieron buena cuenta de ellos, y tras ese encontronazo llegué al planeta más extraordinario de todos los descubiertos hasta hoy:

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Bautizado por mí como Emerilium’s Inferno, este astro ardiente es un auténtico peligro para cualquiera que ose poner sus pies sobre su tierra. Habría que estar loco para enfrentarse a sus temperaturas de más de 100ºC y sus tormentas solares que duplican ese calor ya insoportable… pero entonces, justo cuando me disponía a abandonar su atmósfera nociva, descubrí que el planeta rebosaba de Emerilio, el único elemento descubierto más valioso que el oro. De modo que, ni corto ni perezoso, me armé de Zinc y Carbono para mantenerme con vida mientras minaba el precioso elemento. Al igual que con el oro, salí con todo lo que mi traje y mi nave pudieron cargar, dispuesto a vender todo mi cargamento por una suma millonaria, pero los piratas no iban a ponérmelo fácil: detectaron el Emerilio y pronto tuve a un escuadrón de 14 naves y una fragata tras mi estela. Unas maniobras evasivas y un salto al hiperespacio después, quedó patente que necesitaba una nave mejor, más veloz y con una capacidad ofensiva mucho mayor.

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Así, finalmente, al llegar a la estación espacial vendí mi carga por una suma más que satisfactoria que me permitió comprar una nueva nave, mejorar sus motores y sus cañones -que ya de por sí hacían ver a mi anterior vehículo como un juguete- y repostar al máximo su motor de hiperturbo, dejándola preparada para una secuencia de saltos a otros sistemas y de esta manera continuar mi viaje hacia el centro del universo.

No Man's Sky_20160811185940Mi nueva nave, tan bella en su diseño como letal en el ataque y veloz en el desplazamiento.

Aún quedan, sin embargo, muchísimas incógnitas por descifrar. Aunque mi primer encuentro con el Atlas me obsequió con gran conocimiento, mi papel en el universo aún no está claro, y nadie salvo yo puede determinarlo. La infinita inmensidad del espacio aguarda, y con ella la reconfortante sensación de que este maravilloso viaje no ha hecho más que empezar.

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2 respuestas a Mi viaje en No Man’s Sky.

  1. Anónimo dijo:

    Uuh qué guay la crítica!! Me ha gustado mucho tu reseña, aunque echo en falta que le deis una nota… También me preocupa un poco que la dinámica del juego se vuelva repetitiva; nuevo planeta, busco recursos, vendo recursos, nuevo planeta…

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    • atarcade dijo:

      Muchas gracias!! No le queremos dar una nota aún porque queda mucho por descubrir del juego, cuando llegue al centro del universo probablemente haré un análisis más “al uso” y veremos si se hizo o no repetitivo por el camino :D

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